Crónica del próximo capítulo de la demagogia

Análisis por Antú Villagra. Especial para El Digital Neuquén

Cada proceso electoral deja algo más que resultados. Deja escenas que se repiten, gestos ensayados y silencios que se consolidan. En la política argentina, la apelación emocional suele aparecer cuando el debate se vuelve incómodo o cuando la gestión empieza a mostrar límites.

Personas con discapacidad, jubilados, universidades y niños ocuparon durante meses el centro del discurso público. Las causas eran y siguen siendo legítimas, necesarias y urgentes. Precisamente por eso, su tratamiento merece una mirada más rigurosa.

La emoción como atajo

En tiempos de campaña, la sensibilidad se intensifica. Las imágenes se multiplican, los discursos se cargan de épica moral y el mensaje se vuelve simple. Estar de un lado es mostrarse empático. Cuestionar implica quedar fuera de ese marco.

La emoción funciona como un atajo eficaz. Reduce la complejidad, evita discusiones técnicas y desplaza la responsabilidad política hacia el plano simbólico. Ya no se debate cómo se garantizan derechos, sino quién logra representarlos mejor frente a cámara.

Después de las elecciones, el silencio

Hoy, pasado el proceso electoral, esos temas casi no aparecen en la agenda mediática. La discapacidad, los jubilados, la educación y la infancia dejaron de ocupar titulares, paneles y debates. No hay seguimiento sostenido ni insistencia pública.

Las denuncias formales por presuntas irregularidades en organismos vinculados a políticas sociales continúan abiertas, pero apenas se mencionan. No generan indignación prolongada ni discusión profunda. El contraste con la intensidad previa a las elecciones resulta evidente.

No se trata de una casualidad ni de una cuestión técnica. Es una dinámica conocida. Cuando la causa deja de ser funcional al clima político del momento, desaparece del centro de la conversación pública.

Causas nobles y usos discutibles

El problema no es hablar de los sectores vulnerables. El problema es hacerlo solo cuando conviene. Cuando las causas legítimas se utilizan como recursos narrativos, dejan de ser acciones para la ciudadanía y pasan a cumplir una función estratégica.

En ese proceso, las personas dejan de ser sujetos de derechos para convertirse en símbolos. La empatía pierde densidad y se transforma en herramienta. La sensibilidad deja de ser compromiso para volverse escenificación.

El costo invisible

La demagogia no se mide por sus efectos inmediatos, sino por sus consecuencias acumuladas. Cada vez que la emoción reemplaza al debate, se erosiona la confianza. Cada vez que el discurso suplanta a la gestión, se debilita el vínculo entre la política y la sociedad.

El daño no es solo institucional. Es cultural. Se naturaliza la idea de que conmover importa más que resolver y que aparecer resulta más valioso que hacerse cargo.

Lo que viene

La pregunta no es si esta práctica continuará. Todo indica que sí. La verdadera incógnita es cuál será el próximo capítulo. Qué causa, qué sector y qué emoción ocuparán el centro de la escena cuando vuelva a ser necesario desviar la atención.

Mientras tanto, los problemas reales permanecen. Y los sectores más vulnerables siguen esperando algo más que discursos intensos y presencias ocasionales. Esperan políticas sostenidas, coherencia y responsabilidad.

Tal vez el desafío no sea emocionar menos, sino asumir más. Porque cuando la demagogia aparece, lo que retrocede no es solo el debate público, sino la credibilidad misma de la política.

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